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#OswaldoGuayasamin #PintorDeIberoamérica #Ecuador
6 de Julio de 1919. CELEBRANDO LOS 98 AÑOS DE GUAYASAMIN...
...Mi itinerario está trazado por la vida de mi pueblo, por mi barro y mi seda. Mi itinerario es mi vida!!!

Benjamín Carrión:
Nos hallamos frente al caso más desconcertante de aventura plástica de nuestra historia artística.
Aventura en magnitud de vuelo, no en menester de certidumbre. Aventura, en términos de hazaña, no en inseguridad de meta ni en obstáculos en el camino. Aventura, como la de Simbad el Marino, que sabe que en la tierra y el mar, dentro y fuera del hombre, está la verdad y el secreto de la vida.
Aventura como la de Cristóbal Colón, que sabe que lo único que le puede ocurrir, si la Tierra no tiene un más allí, es el inevitable más allá de la muerte.
El problema de la unidad de técnica ha de ser planteado también frente a la obra de Guayasamín, como lo fuera respecto de Goya y, en la actualidad, respecto de Picasso. Esa variedad de épocas -y, por lo mismo, de concepción y técnica-, ha sido en veces interpretada como un signo de inseguridad, como una búsqueda de caminos, por no estar en la certidumbre de la ruta verdadera, desde el primer momento. Nada más absurdo y más contradicho en la historia del arte.
Pero aquí están un hombre y una obra, con la intrepidez sencilla de la dación total, de la entrega sincera de todo lo que se puede ofrecer en madurez, como resultado de una vida consagrada al arte, de una vocación no frenada sino por las inflexibles ordenaciones substanciales de la estética.
Aquí están Oswaldo Guayasamin y sus cien cuadros. Concepción variada y unitaria. Análisis emocional, análisis intelectual, pero, sobre todo, análisis plástico de una tierra múltiple y de los diversos tipos de hombres que la habitan. Síntesis emocional, intelectual, pero, sobre todo, síntesis pictórica, esencial y tuétano de la verdad exterior e interior del pueblo que vive en este trópico tan bello, frío en veces, cálido las más.
Aquí están Oswaldo Guayasamín y sus cien cuadros. En ellos están los hombres y las mujeres, las flores, las montañas y los niños de esta tierra. Sus selvas misteriosas, su geología de catástrofe. La naturaleza y la vida conjugadas, apretadas en uno como injusto lazo de dolores que se resuelve unas veces en estatismo hierático y otras en dinamia frenética; las dos expresiones igualmente de incontenibles energías vitales, de inconformidad y rebeldía.
Lejos de la obra de Guayasamín la anécdota que indica referencias. Su pureza plástica es demasiado brutal para que se detenga en alusiones de historia o de leyenda. Muy lejos, por los mismo, del caso mexicano -tan extraordinario y admirable, desde luego- que utiliza la historia, la referencia, el dato: y por eso en ella han de aparecer personajes indicadores y explicadores...
Tampoco en la obra de este pintor ascético, místico de la expresión plástica, hemos de hallar la anécdota localista, pintoresca, el folklore. Su honestidad estética le hace huir del recurso, del apoyo fácil, de la sensibilidad en la nota típica, en el detalle costumbrista. En esta inmersa teoría de trípticos, no se encuentra nada que, con toques de indumentaria o de particularidad regional, supla el poder de la pura expresión plástica, con los elementos de la forma y el color.
Guayasamin es un pintor telúrico y solar. Tierra y cielo le dan la materia íntegra de su obra. Solo, con su terrible soledad segura y agresiva, yo veo a Oswaldo Guayasamín parado, firmes sus pies sobre la tierra y admirativo bajo el sol, recibiendo todas las substancias que da la selva emborrachada por el calor solar, en el trópico; y la vaharada del llano, en la sierra, azotado también por el sol. Y los ojos bien abiertos, preguntando en actitud devoradora. Pregunta a la tierra engendradora de vidas y de muertes; pregunta a los hombres, pacientes de dolor o extáticos de júbilo. Sabe bien que los huesos del hombre conocen el retorcido dolor de la cal y que, momentáneamente, se hallan erectos, caminando en busca de un lugar cualquiera de la tierra, de la misma tierra genitiva y su matriz, para acostarse y volver al gran todo de la materia viva.
Las tres grandes estirpes humanas de Ecuador -Cam, Sem y Jafet de la leyenda bíblica-, el mestizo, el indio y el negro, han sido interpretadas en este gran poema plástico de Guayasamin. Es tanta la fuerza, el caudal, la grandeza del logrado intento, que al comentarlo, se nos vienen a la mente más bien pensamientos y palabras musicales. Sinfonía, orquestación, contrapunto, ritmo. Y acaso, en ciertos momentos e infantilidad, de dolor o de pureza, también temas melódicos, como en el tríptico de tema indio: "Fiesta-Iglesia-Procesión", en el tema mestizo: "Niña-Niña llorando-Niña"- y en el tema negro: "Niña negra-Los negritos-Niño negro".
Audaz y grande acaso como en ningún otro tema, Guayasamin nos da su interpretación del Cristo.
Cada unos de los anchos temas está tratado con una técnica peculiar, que no despersonalizada al pintor. Lo afirma más bien, en la seguridad de los medios que deben emplearse para la transliteración del pensamiento y la sensibilidad del artista hacia las materias de naturaleza y de humanidad que representa cada estirpe nacional.
Es tan dócil la materia al genio del pintor que en cada tema tratado -indio, mestizo, negro- ha podido darnos algo que es realmente difícil para la plástica y la literatura: la sensación fresca de clima. Y algo más difícil así: interpretación de realidades étnicas. Por eso, el tema indio está tratado con verdad humanizada, dentro de su generalizadora abstracción, gracias a formas y colores que sirven para expresar realidades definidas, aunque transidas de angustia. El tema mestizo, está interpretado por líneas y colores de transición e indecisión, como que el mestizaje es un estado indefinido aún en el proceso de fijación de rasgos y características dentro de lo ecuatoriano. Lo negro es la abstracción dinámica, pintura que camina y que danza y el colorido violento: las figuras cantan, se contorsionan, marchan, lloran. Por entre ellas se mete, perturbándolo todo, la realidad dinámica del Diablo, que unas veces, para asustar a los niños, es la Tunda y otras, para encender las lujurias, es el Beruné.
Guayasamin ha estudiando, se ha encontrado así mismo. ¿Meta definitivamente lograda? Sí, en su hora y su verdad, pero superable siempre, porque ésa es la esencia de la dinamia artística de que se halla poseído. Este hombre es una llama que no se consume como en los cascos trágicos de Gauguin y Modigliani, sino que se agiganta como los incendios de la selva, latigueados por el viento.
¿Pintor revolucionario? Sí. Revolución estética y revolución ideológica. Pero si la primera es producto de su extraordinaria capacidad expresiva, de su potencia de ser, de su anhelo de hablar lenguaje pictórico integral, sin anécdota, localismo ni literatura; la segunda, en camino, la revolución ideológica, es el trasunto de la esperanza y la justicia, consubstanciales en un hombre de bien, habitante del mundo en la época contemporánea.
Oswaldo Guayasamín sigue el "camino del llanto" Huacayñán de su pueblo. Pero no con espíritu pesimista o de derrota: es la voz, la inmensa voz pictórica salida de su obra creadora que, con los medios irrefutables e implacables del dolor y las injusticias. De los cual surge, sin ademán ni tono cartelista, la gran rabia y la gran esperanza.
Los tres afluentes corren, cada unos con su ritmo, hacia la integración de la nacionalidad, hacia la formación del hombre ecuatoriano: mestizo, indio, negro. Cada uno trae su forma y su color. Cada uno su verdad, su angustia y su certidumbre amargas. Cada uno su fuerza y su esperanza. Con el poder plástico de su síntesis, Guayasamin hace que esos afluentes lleguen al gran océano de la patria: el mural "Ecuador", que tiene todas las posibilidades con sus grandes paneles cambiables. Símbolo de la patria, verdad de ella. Pero, sobre todo culminación de una técnica de sabiduría y rigor cromático y geométrico, de color y forma. Grito formidable de quien, después de largo, bello y tremendo viaje por las selvas dantescas del arte -con claroscuro de idea, de consciencia e inconsciencia, con latiguedades realidades de color- dice: Llegué. Todos mis caminos me conducían acá. Mi itinerario está trazado por la vida de mi pueblo, por mi barro y mi seda. Mi itinerario es mi vida!!!
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